Ecos de Pravia

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Bermudo I, el Diácono

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Retrato de Bermudo I, el Diácono, por Isidoro Lozano (1826-1895). Museo del Prado.

Con que, volviendo a los reyes que tuvieron su corte en Pravia, suponemos por uno de ellos a don Bermudo I, que, como se hallaba ausente al tiempo que murió don Mauregato, don Alfonso II el Casto, le alzaron por rey los grandes del reino. (…) Comenzó a reinar don Bermudo en el año 788 y dos adelante renunció el reino en don Alfonso; o según otros, le tomó por compañero. Unos dicen que aquel estaba ordenado de diácono cuando fue elegido; otros, que se ordenó después; estos, que permaneció en la corte después de la renuncia; y aquellos, que se entró en un monasterio. Como quiera que él fue casado con doña Osenda, y en los últimos años de su vida se entraron los dos religiosos en un monasterio doble, que había, o fundaron en Salvador de Brañalonga, parroquia del concejo de Tineo, donde murieron y están enterrados, si no los trasladaron a Corias, como dice el padre Carvallo.

Que don Bermudo tuvo su corte en Pravia no será difícil de creer, considerando que en Pravia debía de haber sido elegido; pues a la muerte de su antecesor, aquí precisamente quedó la curia diplomática, con los tribunales y los palacios reales.

Noticias históricas del concejo de Pravia, Antonio Juan de Bances y Valdés, ed. de Carlos Romero, Zappa Comunicación, 2010.

 

Rey en Pravia desde el 788 o 789 hasta el 791. Hijo del Rey Fruela I (757-768); sobrino del Rey Alfonso I (739-757), hermano del Rey Aurelio (768-774) y padre del futuro Ramiro I (842-850). Debido a la brevedad de su reinado —tres años—, las crónicas se refieren a él de foma muy sucinta, pero positiva. La Albeldense apenas comenta nada: la duración de su reinado, su actitud clemente y piadosa, la batalla de Burbia y el abandono voluntario del trono. La versión Rotense de la Crónica de Alfonso III se extiende un poco más, destacando su carácter piadoso, su condición de diácono —que lo llevaría a un abandono prematuro de la corona a favor de su sobrino Alfonso II—, su vida y muerte pacífica una vez liberado de sus responsabilidades de gobierno y algunos datos relativos a su parentela. La versión Ovetense incide en los mismos aspectos que la anterior. En general, las crónicas, pese a la escasez de datos que aportan, transmiten una imagen positiva de este rey breve, aunque plantean, según los expertos, muchos problemas de interpretación debido a la falta de mayores informaciones.

Según Armando Besga Marroquín, “el acceso al trono de Bermudo I supone el único caso claro de elección referido por las crónicas asturianas”. Esto no implica que la monarquía astur fuera electiva al estilo de la visigoda, pero sí, en determinadas circunstancias convulsas, las facciones podían aupar al trono a un determinado miembro de la familia real en detrimento de otro. Aunque los monarcas debían aspirar a la sucesión de su corona en sus descendientes varones, en una monarquía en construcción, como era la astur del momento, no siempre resultaba así, aunque, repetimos, los monarcas siempre pertenecieron a la familia reinante.

 

Dibujo de Manuel Castellano (1826-1880). Biblioteca Nacional de España.

El rey Bermudo I sucedió en el trono a Mauregato, personaje del que ya hemos hablado que llegó a la cúspide del poder apoyado en facciones de notables que consiguieron apartar del trono a un joven Alfonso II, apoyado por su tía la reina Adosinda, esposa del difunto rey Silo. Una vez muerto Mauregato, todo parece indicar que Alfonso debía de tener mejores derechos sucesorios; pero la facción que lo desplazó en su momento (año 783) debía de mantener aún importantes resortes de poder en la corte de Pravia. Además, el desplazado Alfonso se encontraba muy lejos del epicentro del poder praviano, ya que había partido a los márgenes del reino, a Álava, donde a buen seguro tenía partidarios, pues de allí era su madre. La ausencia de la corte y la falta de partidarios relegaron por segunda vez al que estaba llamado a ser el gran monarca del reino de Asturias. En estas condiciones accedió al trono de Pravia un seguramente maduro Bermudo, hermano del rey Aurelio, antecesor del rey Silo. Quizá su juventud a la muerte de su hermano, quizá una carrera y vocación eclesiástica, quizá una suma de magnates, o quizá una mezcla de todo lo anterior hizo que Bermudo no sucediera a su hermano Aurelio. El tiempo había pasado y el tren de la más alta dignidad parecía cosa de un futuro pasado, pero las circunstancias hicieron recaer sobre el veterano Bermudo el peso de la corona.

Durante su breve reinado tuvo que hacer frente, en el año 791, a una gran ofensiva musulmana. Esta tuvo dos frentes de ataque; por el este, sobre los territorio de Álava y quizá Castilla y otra por la frontera occidental, donde según parece, las tropas de Bermudo atacaron a las columnas de la aceifa musulmana que se retiraba en Burbia, cerca del río del mismo nombre en la zona del actual Bierzo, que en esos momento debía de ser tierra de nadie. Los cronistas cristianos son muy parcos en lo relativo a esta batalla, no informando del desenlace de la misma, no así los musulmanes, que destacan la estrepitosa derrota de las fuerzas cristianas. Este tipo de silencios eran muy habituales por los narradores de ambos bandos en lo relativo a los fracasos militares propios. La derrota pudo precipitar la caída de Bermudo I, ante un islam hispánico reorganizado y fuerte, el joven reino cristiano del norte—y sus magnates y notables— debieron demandar un liderazgo más vigoroso que fuera capaz de dar una respuesta eficaz a la creciente amenaza de la media luna del sur. Quizá presionado por la responsabilidad del cargo en momentos muy delicados, tal vez por un reequilibro de fuerzas entre las facciones de potentados consecuente de la clara derrota, puede que simplemente por una decisión personal de un hombre que no se sentía capaz de retomar la estabilidad perdida tras una humillante derrota, el caso es que Bermudo cede el trono de manera voluntaria a la persona de Alfonso II. Las crónicas resaltan este hecho, sin dejar en mal lugar el rey diácono. Hay que tener en cuenta que se escriben mucho tiempo después, durante el reinado de Alfonso Tercero el Magno, descendiente de Bermudo I (era su bisnieto). El linaje familiar por un lado, y la gran huella dejada por el Rey Casto por otro, hacen que sendos monarcas sean valorados positivamente por la cronística oficial de la época del Magno. En cualquier caso, con Bermudo I se cierra el ciclo de reyes con capital en Pravia; su sucesor, Alfonso II, aunque heredará el trono praviano, trasladará la sede regia a Oviedo. Aunque eso es otra historia.

 

Para este post hemos utilizado principalmente las siguientes obras:

• Armando Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias. Real Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, 2000.
• Francisco Javier Fernández Conde, Estudios sobre la monarquía asturiana. Ediciones Trea, Gijón, 2015
• Claudio Sánchez-Albornoz, El reino de Asturias. Silverio Cañada ed., Gijón, 1989.
• Paulino García Toraño, Historia de el reino de Asturias (718-910). Gráficas Summa, Oviedo, 1986.

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