Ecos de Pravia

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El núcleo indiano de Somao I

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Sólo me toca señalar desde lejos esta opinión tiempo hace en mí formada, para justificar el sincero entusiasmo que me infundió hallar en Asturias una raza de hombres capaces de intervenir en la vida contemporánea sin perder la solidaridad del espíritu con el campo nativo. «Este vuelve tan vaquero como se fue», oía yo decir en un colmado de Pravia a cierto comensal mientras designaba a un mozancón cuadrado y recio, de jocundo semblante pueril y, según las trazas, recién desembarcado de América. Estos hombres que vuelven tan vaqueros, en el fondo, como el día que partieron, son los que están haciendo en Asturias –sin retórica, sin tópicos sonoros, sin gesticulaciones, sin vanidades– un pueblo apto para realizar aquel «mínimum» de modernidad que es imprescindible para flotar sobre la corriente de los tiempos. ¡El valle, el valle húmedo, liento, con sus castaños densos en las laderas y sus vacas rubias que mugen en el prado, con su hórreo peraltado sobre cuatro espigones y la casina pintada de añil y sangre de toro! Y junto a ella –no en la ciudad, junto al gobierno civil– la villa espléndida del emigrante que un día se fue y otro volvió, lo mismo que en los cuentos.

El espectador, José Ortega y Gasset, 1916

 

No una, sino muchas, “villas espléndidas” se concentran en Somao, un lugar único, no sólo por la cantidad y calidad de su legado indiano, sino también por su situación geográfica, que domina la desembocadura del Nalón ofreciéndonos unas vistas incomparables.

Resultado de la reforma y ampliación de la casa familiar del primer indiano de Somao que marchó a Cuba: José Menéndez Viña. Él fue el origen e impulsor de lo que más adelante sería la importante colonia de indianos de Somao y claro ejemplo de la figura del “tío”, que desde América llama a sus familiares. El hecho de reformar la antigua casona familiar, es propio de esta primera “generación” de indianos, más adelante, será más común edificar casas de nueva planta, diseñadas por prestigiosos arquitectos. A esta casa fue incorporando pisos a medida que iban prosperando sus negocios, y ampliando los terrenos comprando las fincas aledañas, unas destinándolas a la plantación de árboles frutales y otras donde hizo construir otros edificios para vivienda de los guardeses, cuadras y cochera. El conjunto se conoce como El Noceo, que sigue siendo propiedad de la familia y mantiene la decoración, los muebles, muchos de ellos traídos desde París y Londres y las pinturas originales como si la atmósfera de fin de siglo se hubiera congelado. Su aspecto actual data de la década de los años 1880. Es una construcción de gran sencillez, en la que el elemento que más destaca es la soberbia galería que recorre varias de las fachadas y que da luminosidad a la casa y proporciona unas vistas maravillosas de todo Somao. Sorprenden, especialmente, los miradores de hierro, que son bastante menos comunes que los de madera, y que proporcionan al ventanal una expresión más esbelta y delicada que la madera, dando una sensación de mayor ligereza . Los miradores se corresponden con sendos dormitorios, para disfrutar de las vistas nada más levantarse. Las obras se terminaron hacia 1888 y, pocos años después, las de construcción de la cochera, compuesta de garaje, viviendas para el chófer y el jardinero y otras dependencias auxiliares. Es de destacar la gran aldaba de la puerta: de tamaño mayor que el de una mano natural, con una pulsera y que curiosamente sujeta una manzana y no una bola como es habitual.

De 1887 data la casa de Tomás de Pachín, construcción popular en la que destaca la galería, con un alero blanco muy decorado. Según las investigaciones de Paloma Uría Ríos, descendiente de José Menéndez Viña, la casa fue construida por María Álvarez Menéndez (1847-1929),  sobrina de José Menéndez Viña y hermana de Gabino Álvarez padre, y su marido, Francisco Valdés Menéndez, labrador, maestro de obras y carpintero natural de Muros. María Álvarez Menéndez era conocida como la “Gaya”. Tuvieron sieta hijas, las “Gayas” y un hijo: Encarnación, la segunda esposa de Gabino Álvarez padre, de La Casona; Herminia, que se casará con Jesús Solis, el El Marciel; Emilia; Basilisa; Benito; Antonia; Rosario y Juana María, casada con Tomás de Pachín, emigrante retornado de Cuba, que heredaron la casa y le dieron el nombre por el que es actualmente conocida.

Otra remodelación de la estructura original de la casa familiar es La Casona. Construida por Gabino Álvarez, que marchó a Cuba en 1870, llamado por su tío José Menéndez Viña, el de El Noceo, aunque pudo disfrutarla poco tiempo: la obra se terminó en 1900 y él falleció en 1905. Tiene tres pisos con doble fachada. La fachada principal tiene un aire clasicista. El acceso principal está precedido de una gran escalinata. En su primera y segunda planta a cuyos lados se reparten dobles vanos en cada piso. La tercera planta está cerrada por una galería acristalada de tradición local. Desde ellas, se tiene una inmejorable vista de la desembocadura del Nalón y la silueta de la costa asturiana hacia el Oriente. Esta galería también aparece en los costados de la construcción, a la altura del segundo piso, soportada por ligeras columnillas de hierro y que destaca del cuerpo del edificio, lo que permite rematar la estructura con una barandilla simple y pequeña terraza que antecede a la tercera planta. También se aprecia, en la fachada principal una pequeña buhardilla en la cubierta.

En el jardín de La Casona, podemos ver el Panteón que Encarnación Valdés construyó para enterrar a su marido, una de las joyas de la arquitectura funeraria indiana asturiana. Los planos aparecen firmados por el entonces arquitecto diocesano de Oviedo, Emilio Fernández Peña, y están fechados en 1909. Se construyó aprovechando un promontorio de la finca y está rodeado de un buen conjunto de magnolios, palmeras, abetos e incluso una secuoya. Es un panteón de estilo modernista, con una buena mezcla de influencias y estilos típicos de la época en los que destacan, en el interior, los mosaicos de azulejería sevillana en los zócalos de la entrada (azul y oro) y las vidrieras que continúan la estética inglesa de William Morris, obra de los talleres Maumejan, un importantísimo taller que, aún hoy, sigue teniendo su sede en Madrid: el ciclo de las Virtudes en los huecos del tambor de la cúpula; en las capillas semicirculares, la Anunciación y la escena del Caballero orante. Todas ellas recuerdan obras prerrafaelitas y modelos europeos de la escuela de Birmingham. En los sótanos se realizan los enterramientos, mientras que en el piso bajo se encuentra la capilla dedicada al culto. La planta central es una figura de trébol de cuatro hojas y la puerta de entrada es un arco mixtilíneo y muestra una evocación de arcos árabes, además de pináculos o modillones de rollos, arco ojival sobre vano; y sobre la misma, la campana dentro de la espadaña. Todo ello conforma un conjunto dotado de profundo exotismo.  Alrededor de la cúpula se encuentran los ángeles esculpidos en posición orante, combinados con pináculos de piedra y arbotantes calados que anuncian recuerdos góticos, produciendo una sensación de movimiento y desechando la monotonía propia de una tumba o panteón. Reposan en él los restos de Gabino Álvarez y Encarnación Valdés, sus hijos Alfonso, Eulalia, Rolindes y Nieves, así como su nieto Alfonso, hijo de Eulalia, y su esposa María Teresa.

Frente a La Casona, se levanta La Casina o la casa de Don Amando, como también se le conoce. Se construyó también por orden de Encarnación Valdés, siendo ya viuda, para que se alojara don Amando, su capellán particular al que conociera en Biarritz, que había sido preceptor de sus hijos. Aún hoy, hay muchas personas en Somao que recuerdan a don Amando, porque dio clase a muchos niños del pueblo al mismo tiempo que a los hijos de Gabino y Encarnación.

Villa Radis es, por el contrario, ejemplo de una casa indiana hecha por la segunda generación, en este caso por el hijo de Gabino Álvarez, el de La Casona. Gabino Álvarez hijo no fue un indiano propiamente dicho, fue el dinero americano de su padre el que financió la casa. La casa se bautizó como homenaje a Radisgundis Alonso Menéndez, la esposa de Gabino Álvarez hijo, oriunda de Malleza y de ascendencia irlandesa, y se terminó en 1908. El arquitecto fue Alfonso Dubé, el mismo que diseñó el Mercado de San Miguel de Madrid, y en realidad se trata de una reforma de un edificio anterior, construido sobre un resalte del terreno lo que le proporciona una vista excepcional de la costa. Villa Radis es un edificio residencial modernista de dos plantas con buhardilla en el cuerpo principal y terraza sobre la zona norte. El edificio, al principio de no mucho volumen y de forma cuadrada, fue aumentando a medida que aumentaba el número de hijos de don Gabino y doña Radis. Tuvieron siete: José Antonio, María Luisa, Gabino, Carlos, Guillermo, José Luis y Fernando, añadiéndosele los laterales, la galería, el hórreo, la casa de los guardeses y la conocida Casa de Muñecas, que era el lugar donde los niños de Somao se daban cita para jugar. Entre las especies arbóreas que se pueden contemplar en el jardín, tras la hermosa rejería que discurre por uno de los costados de la finca, destacan la palmera canaria, tan característica en estas mansiones, una araucaria, varios tejos y un enorme tilo.

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