Ecos de Pravia

Un sitio para divulgar curiosidades y noticias del pasado reciente del concejo de Pravia.

Laguna de la Vega de Peñaullán

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En 1805, escribe Antonio Juan de Bances y Valdés, en sus Noticias históricas del concejo de Pravia (ed. de Carlos Romero, 2010) que El cuarto de la Meruca comprende las mayores y mejores vegas de Asturias; las que se forman de revueltas, que hace el río Nalón, quien aún las deshace cuando se le antoja, en grave perjuicio de los propietarios. En mi tiempo sucedieron mudanzas asombrosas; y en todas sus excavaciones se registra que ya en otro tiempo corría el río por todo lo que es planice; soto, «dosal», isla o ensenada de monte a monte como dicen; a no ser que se terraplenase con las avenidas; (…) Estas vegas se llaman de Beifar, de Peñaullán, de Riberas, y de Pravia. Además, hay la ensenada de La Robla, el «dosal» de La Candana y el de El Queso; la isla de Santianes, y una larga tirantez de ancha orilla, desde La Bimera a El Porral. «Dosal» es nombre que se toma aquí por terreno, que separó el río del continente de la vega por algún tiempo, y después se volvió a unir con éste, dejando el nombre de isla, y tomando el de «dosal».

Unos cuantos años después, en 1883, el alcalde de barrio de Peñaullán, Juan Cuervo y Fernández, se dirige al Ayuntamiento para exponer Que al lado sur de la Vega de su pueblo, cuyo título lleva, existía y siempre se conoció un cauce o canal que principiando en el término del Barancedo recogía las aguas manantiales y pluviales de la población, las cuales continuando aquél por los sitios de la Veguillina y Dosal, las conducía a desembocar en el río Nalón. Con las avenidas de este, especialmente las extraordinarias que hubo en los años de 1844 y 45, se depositó tal cantidad de arena y cieno en los términos dichos de la Veiguillina [sic] y Dosal que hizo levantar el terreno a una altura bastante para interceptar el curso de las citadas aguas, cegando el canal por donde se escurrían, quedando este, por consiguiente, reducido al trayecto que ocupaba y ocupa en el punto del Barancedo. Con esta novedad quedó convertido en un estanque o lago que en tiempo de lluvias se extiende por la vega, ocupando un mismo territorio que comprende multitud de fincas que cultiva el que dice y sus convecinos, cuyo estancamiento de aguas las hace estériles arruinando sus frutos. Además con semejante depósito de aguas sucede que, en las épocas de calores, se convierten en pútridas, variando de esa manera la atmósfera con sus miasmas, dando con ello lugar a que se desarrollen por la población, como ha sucedido ya en ciertas ocasiones, enfermedades de mal género, como son las calenturas intermitentes, conocidas también con el nombre de tercianas, y, a las que, sin que quepa duda, son aquellas la causa eficiente. A continuación pide que se ponga rápida solución al problema, lo cual se consigue solo con que se vuelva dar salida a las referidas aguas dirigiéndolas, como siempre fueron, al río Nalón por el punto más adecuado, ofreciéndose en nombre de sus convecinos a concurrir para el efecto con los trabajos personales que sean necesarios.

La demanda se llevó al Pleno el 15 de abril de 1883, que acordó solicitar un informe a una comisión integrada por el Alcalde, Esteban Morán, y los concejales Antonino Pertierra Hevia y Ramón Martínez, y otro a la Junta de Sanidad, ambos favorables a la realización de las obras. Por el informe de la comisión, podemos saber la extensión de la laguna, que era de 415 metros de largo y de ancho fluctúa de dos a cuatro metros en tiempos normales, mas cuando ocurren temporales, con lluvias, acrece, según la mayor o menor constancia de aquellas, en una extensión que no se puede apreciar o fijar con exactitud, porque en ocasiones comprende un inmenso territorio de la Vega, quedando en otras más reducido el espacio que ocupa. De las varias soluciones planteadas, se decide abrir el paso del agua por el antiguo canal, entre otras cosas por motivos económicos, ya que una nueva obra de drenaje supondría el pago de indemnizaciones a los propietarios de las tierras afectadas, mientras que, al existir ya un cauce, los dueños de los terrenos confinantes no tienen, y lo mismo los de algunos de los que aquél habrá de atravesar, derecho a reparación alguna por los daños que con la construcción de dicho cauce pudiesen alegar.

Finalmente, cumplidos los trámites reglamentarios, en la sesión del pleno municipal de 2 de diciembre de 1883, se acordó que se procederá por el vecindario de Peñaullán y a medio de servicio de prestaciones personales o de sextaferias, según mejor le convenga a abrir dicha acequia o cauce por la línea replanteada, quedando a cargo de dicho pueblo el peonaje y conducción de materiales para la obra, y sub-vencionada [sic] ésta por el Ayuntamiento (…).

Al cauce se le dio una anchura de ochenta centímetros y treinta de fondo, medidas que se consideraron suficientes para el completo desahogo de las aguas aún en tiempo de grandes lluvias. Se prevé la construcción de dos pasos de servicio de carros, uno público en el camino antiguo que tendrá dos metros y veinticinco centímetros de ancho y otro para el servicio de las fincas (…) que llevan la primera Celestino García, propia de la casa de Foncubierta, y la otra pertenece a don Genaro Pescaledo de Beifar. El Ayuntamiento de Pravia aportó a la obra la cantidad de sesenta pesetas.

Aunque ya no queda resto de la laguna, gracias a la excepcional memoria y ayuda de Mario Pendás, podemos ubicar los topónimos que aparecen en el expediente, lo que nos da una idea de la zona que quedaría inundada.

 

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