El 21 de febrero de 1887 la colegiata quedaba reducida de manera permanente a la categoría de iglesia parroquial estableciéndose la parroquia de San Andrés. La consecución de la nueva parroquia se debió a la buena voluntad de Sabino Moutas y a la buena predisposición y entendimiento con el ayuntamiento y el párroco.
En 1892, siendo párroco el imprescindible Eulogio Suárez Méndez, se presenta una solicitud al ayuntamiento con el fin de conseguir el cerramiento de un pequeño espacio de terreno contiguo a la casa del sacristán. El ayuntamiento, previas pesquisas de la comisión de policía urbana, aprobó por unanimidad la propuesta elevada por el párroco, consiguiendo así urbanizar un terreno que presentaba ciertos problemas de salubridad y, de paso, dotando al conjunto de una casa rectoral, cosa con la que hasta entonces no se contaba.

Fernando Ignacio Arango, aparte de dotar de alhajas a su colegiata, donó una lámpara y candeleros a la iglesia de San andrés, parroquia de Pravia. Un documento datado en 1772 habla de la idea de grabar una inscripción para que constara el nombre del Ilustrísimo Señor Obispo de Tuy por haber dado la lámpara y los candeleros. Otro documento datado en 1773, atestigua la donación de Fernando Ignacio Arango de dos lámparas, una para el Santísimo Sacramento y otra para Nuestra Señora del Rosario en la iglesia de San Andrés, y una cruz, varios ciriales, un incensiario y una naveta para la cofradía de la Ánimas, fundada en la misma iglesia. También donó a la parroquia un cofre de plata para custodiar la sagrada forma en el Jueves Santo, que pesaba 45 onzas y media (1.308 g). A través de dichas donaciones, se observa la atención y cuidado que el fundador de la colegiata de Pravia tenía hacia la iglesia parroquial, motivada por la propia devoción, y quizá para evitar envidias hacia la nueva obra fundada por él, que, aun siendo vice-parroquia, superaba con creces las dimensiones del templo parroquial. (Yayoi Kawamura,»Colegiata de Pravia: magnificencia de las alhajas de procedencia virreinal peruana», en AEA, LXXVII, 2004, 307, pp. 281-290).
La historia de la Colegiata de Pravia está indisolublemente ligada a la figura de su fundador, Fernando Ignacio Arango Queipo, bautizado en Pravia el 17 de marzo de 1673 y fallecido en Tuy el mismo día de 1745. Hijo de Fernando Arango Inclán, de familia hidalga, y de Catalina Queipo de Llano, perteneciente al famoso linaje de Cangas del Narcea. Como era habitual entre los segundones de las familias nobles, el primogénito y heredero era su hermano Bartolomé, Fernando Ignacio podía escoger entre seguir la carrera militar o la eclesiástica. Quizás por tradición familiar, se decantó por los hábitos, bajo la tutela de su poderoso linaje, y en especial de su tío Juan Queipo de Llano Valdés, obispo de La Paz y arzobispo de Charcas, en el Virreinato del Perú.
Carlos y Peclius también me abrieron los ojos al mostrarme la fauna y la flora expuestas en las escaleras de la colegiata; secciones de corales y arrecifes coralinos, esponjas, briozoos, gusanos, córvidos del trópico de Capricornio, moluscos, artrópodos, equinodermos, braquiópodos y colas de raposos blancos, atrapados en le paleozoico, arrastrados hasta las canteras de la marquesa y convertidos después de millones de años, en escalones, huellas de huellas y de contrahuellas, vestigios de nuestra plataforma, ahora continental pero insular e incluso submarina en otro tiempo: gajo de la Antártica que partiría hacia el norte, por el Atlántico, doblaría el cabo de Ortegal y se dirigiría, a profundidad de periscopio, hasta el Playón de Bayas y subiría hasta El Valle, su actual asentamiento, todavía emergente y con la mar en retroceso. (Pepe Monteserín, Azúcar)