
Un cazador de principios de siglo, en «Pravia: fotos históricas», José Antonio Martínez González y Luis Francisco Solar García, número 9, 2000.
Históricamente, la caza ha tenido tres enfoques o fines, a saber: por motivos económicos, llevada a cabo por personas humildes como complemento económico de su actividad agraria; la caza defensiva, frente a la amenaza que los “animales dañinos” suponían para los pobladores del mundo rural, sus cosechas y ganados; y la recreativa o deportiva, ligada desde antaño, y hasta tiempos muy recientes, a las clases más acomodadas de la sociedad . La eliminación de los animales dañinos estaba regulada por ley –Ley de Caza de 1902 y su reglamento de 1903 —, de ahí que los presupuestos de los municipios asignasen partidas para tal fin, las cuales tenía que ser iguales o superiores a las del año anterior; algo que sucedió en Pravia, al menos, hasta finales de la primera década del siglo XX.
Según parece, la dicotomía de caza económica-defensiva y recreativa de las clases medias-altas se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. Las noticias referentes a la caza como medio de sustento o de aporte extra a las economías campesinas no aparece en la documentación, aunque, al igual que con la pesca, sería un sistema de complemento alimentario de muchas familias.

Antaño la pesca fluvial no solo era una actividad lúdica y deportiva como lo es hoy en día; los pescadores por afición (y no por necesidad o subsistencia) eran minoría en las vegas pravianas.
do hispano-uruguayo firmado el 30 de enero de 1933 autorizaba a la República de Uruguay a exportar a España ocho mil toneladas de carne congelada y cuatro mil toneladas de tasajo, carne seca, al año, lo que equivalía a unas sesenta mil reses. Como contrapartida, España podía exportar a Uruguay aceite y conservas, lo que favorecía a las regiones del este y el sur, productoras de vino y aceite. El gobierno de Azaña justifica la firma del Tratado para abaratar el precio de la carne y conseguir así que fuera más accesible para las clases populares. Los ganaderos, conscientes de ello, temían que una entrada masiva del producto desplomara los precios, hundiendo así el sector, por lo que proponían un aumento de la cabaña ganadera que produjera un descenso gradual del mismo.