En suma, una potente naturaleza que, sin embargo, no se nos presenta hoy como el resultado de la mera acción de los elementos naturales, sino de la transformación e interacción antrópica. El paisaje es el resultado de ese modelado mediante el trabajo. Y la expresión final de la intervención humana y social sobre el espacio, mediante la ordenación e institucionalización de límites y atribuciones (jurisdicciones político-administrativas, militares, económicas, religiosas…) es lo que entendemos y percibimos como territorios. Así es como se han ido construyendo y modificando, a lo largo de la historia, los diferentes «mapas» territoriales, desde la escala local a la estatal. De forma cambiante, y en función del tipo de jurisdicciones, los entes y poderes con capacidad para ello han ido perfilando y diseñando los diversos tipos de territorios: provincias, conventos jurídicos y municipios, en época romana, posteriormente, en tiempos medievales, reinos, provincias, condados, mandaciones o comisos, alfoces y municipios, valles, tierras o términos, diócesis, arciprestazgos, parroquias…, componiendo una complicada trama en la que no sólo se yuxtaponen, sino también se superponen y se suceden las distintas competencias y atribuciones. (José Avelino Gutiérrez González, «La formación del territorio de Asturias en el período de la monarquía asturiana»)


El ganado bovino era uno de los activos económicos más importantes del concejo con salida comercial a través del matadero municipal, que en los años treinta sacrificaba más de mil reses al año, y de las industrias lácteas del concejo: de Corias y de Peñaullán. Cada jueves los animales tenían su espacio de mercadeo; las vacas se ubicaban en la Plaza las Consistoriales, lugar que a principios del siglo XX se quedaba pequeño para el volumen de animales que acudían. Las reses desbordaban los límites del recinto y se extendían por las calles colindantes, Don Silo y Príncipe, causando verdaderos problemas a vecinos y viandantes. Los accidentes sufridos a causa de “varetazos” perdidos propinados por los ganaderos eran relativamente habituales. Más problemático era el mercado de porcino; su situación, en la explanada de la Colegiata causó no poco escándalo, pues, para los burgueses vecinos de la villa que los cerdos estuvieran en las inmediaciones de la entrada del templo parroquial era casi una “profanación”. Las presiones hicieron que los cerdos se trasladaran finalmente a las inmediaciones del lavadero del Güeyo, unas decenas de metros por detrás de la Colegiata, junto al espacio que en los años treinta ocuparían las escuelas graduadas de la villa.
“No es el Concejo de Pravia de los menos favorecidos por ellos [los americanos] y cumplimos un deber de justicia colocándolos al lado de los hombres que han figurado y figuran en el terreno del saber, pues si la gloria de éstos alcanza al pueblo en que nacieron, al bienestar y al progreso del pueblo contribuyen también los americanos. Allá por el año 1840 abundaban en Asturias las casas cubiertas de hiedra, elevándose sus almenadas torres señoriales sobre las pobres viviendas de aldea. Hoy, gracias a esos americanos, que algunos tanto desprecian, los corrales se convierten en palacios y las torres vienen al suelo para construir sobre sus ruinas hermosos edificios y fábricas importantes. Las poblaciones crecen, reviven las industrias, y el dinero de los americanos, si algunas veces se emplea en tabacos y amortizable, que rinden cómodo y productivo interés a sus dueños, también se distribuye muchas veces en jornales que alivian la situación del obrero.” (Juan Bances Conde en Asturias: su historia y monumentos, bellezas y recuerdos, costumbres y tradiciones, el bable, asturianos ilustres, agricultura e industria, estadística, obra dirigida por Octavio Bellmut y Traver y Fermín Canella y Secades, Gijón, 1894-1900)