
Jacinto Insunza en «Hoja parroquial», 2 de diciembre de 1956.
A principios de siglo quedaba en pie un trozo de muralla almenada, metros arriba o metros abajo, en el lugar que hoy ocupa la Hermandad de Labradores. Tal vez en poder de alguna familia praviana haya fotografías que confirmen lo que digo. quien tenga la suerte de poseer alguna, tiene un tesoro envidiado por mi.
Sabemos también que aparecieron cimientos de la muralla por el año 1900, cuando se excavaba para cimentar la casa del Café el Rubio.
Don Jacinto Insunza, autor de este dibujo, me dice que él vio tales cimientos, muy anchos, y con su correspondiente y profundo foso. Y cuenta que el contratista, amigo suyo, se asustó bastante al topar con una cantidad tan grande de tierra movediza que llenaba el foso, pues no sabía a qué atribuir este hallazgo, y le creaba un problema de construcción que no esperaba encontrar.
Con unos arquillos se salvó lo del foso delantero, pero las enormes piedras que habían servido en otro tiempo de base para la muralla de Pravia no se extrajeron. Allí quedaron casi a flor de tierra en la cabecera de la calle de San Antonio. En este dibujo señala don Jacinto la posición aproximada de la muralla encontrada. Y nada tendría de extraño que algún día se procediese a desenterrarlas.
Manuel López de la Torre, «Algo más para la historia de Pravia», en Hoja parroquial de 2 de diciembre de 1956.


Los manantiales que actualmente abastecen a Pravia son los siguientes: El denominado fuente del Güeyo, situado en el extremo oeste de la villa, que tiene su nacimiento en la estribación de la montaña llamada de Cueto, formada por roca caliza en cuyas estratificaciones discurren las aguas en bastante cantidad viniendo a reunirse para salir por la citada fuente. Por su pequeña altura respecto a la situación de la mayor parte de las casas, no podría ser aprovechado, a menos de una elevación, siempre costosa y de explotación delicada, más que para el servicio de las calles de San Antonio, cruce de la carretera de Grullos a Pravia, y desde este punto la carretera que va a Somado y a la calle de la Industria, antes calle de la Cuesta. En la actualidad vienen conducidas por una tubería de gres hasta la Plaza de la Reina Regente, en donde se construyó una fuente con varios caños que vierten las aguas en un abrevadero; existe también una derivación que lleva las aguas a un abrevadero y dos caños situados a la entrada de la calle de las Fuentes, al pie de la casa de Doña Concepción Prieto.
No es el Concejo de Pravia de los menos favorecidos por ellos [los americanos] y cumplimos un deber de justicia colocándolos al lado de los hombres que han figurado y figuran en el terreno del saber, pues si la gloria de éstos alcanza al pueblo en que nacieron, al bienestar y al progreso del pueblo contribuyen también los americanos.
La llamada Casa de las Columnas fue mandada construir por José Pire, en un lugar estratégico en la antigua carretera general que unía Pravia con Muros a través de La Fallona, para instalar en la misma un negocio de hostelería, dedicando la planta superior a vivienda. Conocida también como la casa de las de Celesta, Encarna y Filomena (Mena) Pire. Se construyó en la última década del siglo XIX, con el dinero enviado por sus hermanos que habían emigrado a Cuba donde trabajaron de joyeros.
Sólo me toca señalar desde lejos esta opinión tiempo hace en mí formada, para justificar el sincero entusiasmo que me infundió hallar en Asturias una raza de hombres capaces de intervenir en la vida contemporánea sin perder la solidaridad del espíritu con el campo nativo. «Este vuelve tan vaquero como se fue», oía yo decir en un colmado de Pravia a cierto comensal mientras designaba a un mozancón cuadrado y recio, de jocundo semblante pueril y, según las trazas, recién desembarcado de América. Estos hombres que vuelven tan vaqueros, en el fondo, como el día que partieron, son los que están haciendo en Asturias –sin retórica, sin tópicos sonoros, sin gesticulaciones, sin vanidades– un pueblo apto para realizar aquel «mínimum» de modernidad que es imprescindible para flotar sobre la corriente de los tiempos. ¡El valle, el valle húmedo, liento, con sus castaños densos en las laderas y sus vacas rubias que mugen en el prado, con su hórreo peraltado sobre cuatro espigones y la casina pintada de añil y sangre de toro! Y junto a ella –no en la ciudad, junto al gobierno civil– la villa espléndida del emigrante que un día se fue y otro volvió, lo mismo que en los cuentos.
A mediados del siglo XIX, la gestión del hospital correspondía ya al Ayuntamiento, a través de la Junta de Beneficencia y de la de Sanidad. Las sucesivas epidemias de cólera de los años 1855, 1865, 1866 y 1885, precedidas de años de hambruna y coincidentes con otras de tifus, viruela y sarampión, provocaron verdaderos quebraderos de cabeza a la hora de encontrar un lugar que reuniera las condiciones necesarias para atender a los enfermos, dada la situación de ruina del hospital de San Antonio. Así se deduce del oficio enviado por José María Bances, alcalde de Pravia, al Gobernador civil, el 12 de noviembre de 1854, dando cuenta de la inspección llevada a cabo con miembros de la Junta de Sanidad a la cárcel de la villa y otros puntos buscando un lugar para ubicar un hospital en caso de epidemia: Es una verdad, ¡tristísima verdad! que ni en esta villa ni en sus alrededores no hay absolutamente local ni publico ni privado que pueda destinarse para Hospital, si fueremos invadidos de una epidemia mas que el indicado por la Comisión [un hospital provisional], y que a no conseguirse este nos hallaremos imposibilitados de prestar a los pacientes el pronto auxilio que requieran sus necesidades e igualmente de atajar los progresos de la enfermedad. . Finalmente, el gobierno de la provincia autorizó al Ayuntamiento a habilitar la Casa llamada del Valle, perteneciente al Santuario de Nuestra Señora, situada extramuros de esa Villa como hospital para enfermos de cólera. (Archivo Histórico Municipal, 368-22)
El río Aranguín, riachuelo chico, según las respuestas al interrogatorio de Tomás López, nace en el concejo de Salas y atraviesa el de Pravia, por el valle de Arango hasta unir sus aguas con el Nalón en Agones. En el diccionario de Madoz, de mediados del siglo XIX, se nos cuenta que nace (…) en las brañas de Vaderrodeyro, parroquia de Santa Eulalia de Mallecina, y de Gallinero, en la de san Juan de Malleza, ambas del ayuntamiento de Salas, a la caída del Campo Cerezal y montañas que dividen este concejo del de Valdés; pasa por la feligresía de San Miguel de Cordovero y Santa María de Folgueras, en donde, al sitio llamado la Calzada, hay un puentecillo de madera; y siguiendo el curso entra en el partido judicial de Pravia por el lugar de Travesedo a Puente-Vega [sic], donde se encuentra un puente de piedra de un arco, concluido en 1843; continúa su marcha bañando al valle de Arango y a las parroquias de San Martín y Allence, del ayuntamiento de Pravia, en las que hay algunos puentes para el servicio de los vecinos; prosigue por el lugar de Cañedo, donde le cruza un puente de madera con tres ojos, sostenido por pilastras de piedra, entra en el término de Agones, y dejando la población a su margen izquierda, pasa por debajo del puente de piedra, de un solo arco, que se halla en el camino real que va desde Pravia, y entrega sus aguas al Nalón, un poco más abajo de esta vecindad. El río Aranguín, en su tortuoso curso fertiliza diferentes prados, a pesar de su escasez de agua, especialmente en verano. Producción: bastantes truchas, aunque muy inferiores a las que se pescan en el río Nalón.